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¿Inaceptables resultados del informe PISA?

Los resultados del informe PISA, presentados el 8 de septiembre de este año, han sacado a relucir un descenso general de las aptitudes/competencias de adolescentes de entre 15 y 16 años en matemáticas, ciencias y comprensión lectora.

Especialmente Francia, España y Noruega se encuentran debajo de la media de la OCDE, alarmante caso para tres países desarrollados. Incluso Alemania, una de las mayores potencias de Europa, ha acabado en el puesto diecinueve, muy por debajo de las victoriosas asiáticas Japón y Corea.

La pregunta que nos hacemos tras conocer estos datos es qué está sucediendo en la sociedad actual. ¿Por qué el nivel de esas tres aptitudes/competencias ha disminuido tanto? Algunos atribuyen la culpabilidad a los dispositivos electrónicos, a la actitud paterna y materna, al nivel escolar, al nivel de desarrollo del país, etc.

Podemos intentar buscar culpables en diversos ámbitos, pero lo cierto es que la sociedad evoluciona, el mundo evoluciona y, ahora más que nunca, los jóvenes tienen abanico mucho más amplio, muchos más recursos para formarse. El contenido que antes teníamos que buscar en bibliotecas, ahora está al alcance de un clic. El aprendizaje de cualquier materia puede llevarse a cabo mediante Inteligencia Artificial, cursos en línea, algunos gratuitos, incluso en diez minutos puedes aprender, grosso modo, la historia de un país en YouTube o en noventa segundos pueden enseñarte una regla gramatical en Instagram.

Las aplicaciones de móvil como Anki, Duolingo, Kahoot, Tandem y otras ofrecen la posibilidad, con mayor o menor fiabilidad, de mantenerse activo aprendiendo incluso en medios de transporte público, independientemente de si tienes datos o no en el móvil, porque en muchos de los mencionados medios cuentan con conexión a internet gratuita.

Entonces, ¿dónde radica el problema? Es bastante sencillo de deducir y difícil de resolver: el contenido de las redes. Las redes sociales nos bombardean con vídeos absurdos de gatitos que luchan con música de fondo de lucha libre estadounidense, de un señor de la limpieza que se dedica a levantar pesas en un gimnasio, escenas de series estadounidenses de chicas y chicos diez editadas con la canción Paparazzi en “dubstep” o vídeos de juegos de móvil con música “phonk” y efectos visuales un tanto agresivos.
Ante esa cantidad de vídeos que, en muchos casos presentan el mismo contenido editado de modo distinto, el joven adolescente no se dedica a buscar contenido educativo a menos que lo necesite y prefiere pasar horas “escroleando” o deslizando.

Ese es el problema principal, el permitir que ese contenido absurdo lidere las redes. Todos hemos sido, somos y seguiremos siendo víctimas de esta avalancha de “brainrot” o “podredumbre cerebral” porque la única cosa que hace es llenar nuestro cerebro de información absurda e innecesaria. No podremos detenerlo porque las redes sociales se benefician de ese contenido: a mayor número de visitas y de “me gusta”, mayores ingresos para YouTube, Instagram, TikTok o cualquier red social en la que podamos pensar.

¿Cuál es entonces la solución? Educar a nuestros jóvenes para que ellos puedan educar a las generaciones venideras, tener paciencia con ellos y comprender que el momento en el que se encuentran les exige una permanencia en las redes para poder relacionarse con sus compañeros. Lo que les sucede a ellos ahora es lo que nos sucedía a nosotros con Beverly Hills 90210, El coche fantástico o MacGyver en EGB, y con Twin Peaks, Expediente X o Ally McBeal cuando estábamos en la universidad. También veíamos esas series y las comentábamos con nuestros compañeros porque era la moda y sufríamos de ese FOMO (Fear of Missing Something) o miedo a perdernos las novedades.

La diferencia es que lo veíamos una vez a la semana, mientras que hoy en día podemos ver series las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana y la basura de las redes era imposible verla porque, para poder salir en la televisión tenías que ser famoso. Ahora, solo por tener un móvil puedes ser famoso creando ese “brainrot” que muchas generaciones (“boomers”, generación X, mileniales, generación Z y generación Alfa) hemos consumido, consumimos y seguiremos consumiendo porque, ¿a quién no le apetece tumbarse en el sofá o en la cama y “escrolear” un poquito?


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